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¿Por qué no soy bueno?

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Abril de 2017, artículo publicado originalmente en El Periódico de Catalunya

 

¿Por qué no soy bueno?


¿Por qué yo? ¿Por qué a mi? Y justo ahora que lo necesitamos más que nunca. ¿Dónde lo hacemos mal? ¿Por qué no somos buenos?

Estas oraciones, o mejor llamadas lamento-frases, se escuchan a menudo, especialmente cuando los resultados no acompañan. Es entonces el momento en el que uno más piensa en aquello que necesita y no tiene, innovación. Y esta no se improvisa. No la buena, no la que permite crear diferencias duraderas con tus competidores.

No hay dos empresas iguales, y todas las compañías tienen un eslabón -de los tres pasos de la cadena-, que resulta ser el más débil

En un texto convertido ya en clásico de la gestión de la innovación, dos profesores de sendas prestigiosas escuelas de negocios publicaron hace unos años en la no menos reconocida Harvard Business Review un artículo titulado “La cadena de valor de la innovación”. Leánlo. Vale la pena (y además es corto). Comentan que la innovación es un proceso que se puede resumir en tres pasos:

  1. generación de ideas
  2. conversión de estas ideas en conceptos viables de negocio
  3. y por último, difusión de éstas hacia el mercado

Estos dos académicos, después de realizar miles de entrevistas en varios continentes a profesionales de decenas de empresas en industrias diversas, se dieron cuenta de que unas compañías y otras difieren en la problemática que deben solventar. Unas, por ejemplo, son buenas en la creación de ideas (es decir, no tienen problemas fabricando nuevas propuestas) pero en cambio no son muy hábiles filtrando cuáles vale la pena desarrollar y cuáles no. Sin embargo, otras corporaciones tienen problemas ideando prototipos pero luego son extraordinarias por ejemplo llevándolas al mercado. Su conclusión es que no hay dos empresas iguales y que todas las compañías tienen un eslabón, de los tres pasos de la cadena, que resulta ser el más débil.

Si innovar es complejo, imaginen lo que es hacerlo sin recursos

Recientemente he tratado de aplicar esta secuencia de tres elementos a nuestro país. ¿En qué parte de la cadena somos más débiles como nación? De un tiempo a esta parte he estado visitando muchas provincias del territorio, hablando con muchas empresas sobre innovación en el marco de cómo conectar mejor con los clientes. Y mi sensación es que tenemos mucho camino por andar en los tres pasos. España es un país de PYMES y de PYMPEs (pequeñas y muy pequeña empresas) como las llama cariñosamente mi admirado colega y del que tanto he aprendido, el profesor del IESE José Antonio Segarra. En nuestra nación no tenemos un problema en el número de PYMES per cápita en comparación a otros. Lo que sí nos pasa aquí es que las PYMES nacen con recursos muy limitados (poco capital), lo que provoca que su tamaño sea pequeño, lo que dificulta apostar por la internacionalización y por supuesto por la innovación (ambas muy caras).

Así que si innovar es complejo imaginen lo que es hacerlo sin recursos. Pasará mucho tiempo, me temo, hasta que podamos desterrar las lamento-frases de nuestra forma de hablar si no creamos una política de innovación para competir a escala global.

 

Fotografía del Gran Telescopio Canarias, por Ondřej Šponiar.

Formado en la Escuela Suiza (habla 4 idiomas), Pablo Foncillas es licenciado en derecho y MBA del IESE Business School. Compagina su vida en el entorno académico y como conferenciante junto con roles directivos y de consultoría en varias industrias desde los años 90. ¿Hablamos? Clica aquí para contactarme por correo electrónico