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Cualquiera, cualquiera, cualquiera…

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El Periódico de Cataluña
Cualquiera, cualquiera, cualquiera…
Junio 2016, artículo publicado originalmente en El Periódico de Catalunya

 

Cualquiera, cualquiera, cualquiera…

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En un despacho cualquiera de una empresa cualquiera en una ciudad cualquiera de un país cualquiera, les recuerdo. Siempre ahí. Altos o bajos. Gordos o flacos. Lentos o rápidos. Tan diferentes pero muy iguales. Con manías ¿o quizás costumbres? Ojos chispeantes. Ideas claras. Estar a su lado era incómodo, exigente, doloroso, punzante, incluso lacerante. Y por eso eran atractivos. Por eso querías tenerlos cerca. Por eso tolerabas lo intolerable. Porque al final, y a veces desde el principio, siempre tenían razón. Porque siendo descarnadamente honestos te ayudaban a viajar a lugares inexplorados, recorrer países que no existen, cruzar fronteras sin documentación, entrar en sitios que no podías visitar. Quizás deberían ser ilegales, estar prohibidos. Quién sabe.

Las conversaciones con ellos se elevaban un palmo, exactamente el de su mano. La que te tendían para pedirte que les acompañaras hacia lo desconocido. Juntos. Porque a su manera eran incapaces, no sabían hacer las cosas de forma diferente. Solo de una. La que no se le había ocurrido a nadie. Y les daba igual de dónde viniera esa idea. Podía ser de la oveja descarriada, también de la negra, quizás de la blanca o a lo mejor de don Nadie. A ellos les interesaba el concepto, y así, olisqueando con sus neuronas o mirando desde el estómago sabían reconocer el bueno.

Porque ellos se la jugaban con sus decisiones. Pero les gustaba el reto.

De día o de madrugada, con alevosía o nocturnidad, en la salud y en la enfermedad (hasta que los robots nos separen), estos malditos tipos solían acertar, arriesgando muchas veces, al borde de la tragedia, pero se atrevían a chutar a portería con la zurda y de tacón, y la pelota entraba. Y aquí y ahora merece la pena reconocerles con sus nombres y sin sus apellidos para no dejar rastro, que a lo mejor se lo creen y se me desmonta el mito. Stanley, Juanma, Tim, Antonio, Roland, Marc, David, Jean-Paul, Rafa, Lars, por citar algunos. Tuve suerte. Estos fueron los buenos, los jefes que querían cambiar las cosas, avanzar, evolucionar, explorar. Innovar era un verbo que conjugaban con soltura. Y lo justo, por poquito normal que seas, es dedicarles un pedacito de afecto y reconocimiento. Porque ellos se la jugaban con sus decisiones. Pero les gustaba el reto.

Y también recuerdo a sus oponentes, los ejquerosos (me dijeron una vez que el copyright de este concepto es de Tomás Pascual, el fundador de leche Pascual). Aquellos que siempre te dicen, “ej que” aquí siempre se ha hecho así, “ej que” ya lo probamos y no funcionó, “ej que” no se ha inventado aquí, “ej que” no, bla, bla, bla,… . Y como es de bien nacido ser desagradecido, de estos no diré los nombres porque los artículos los carga el diablo. Son los malos jefes. A mí también me ayudaron a saber lo que no hay que hacer, lo que no hay que decir, lo que no hay que pensar. Y de estos también he visto en un despacho cualquiera de una empresa cualquiera…

Fotografía de Kumar Appaiah

Formado en la Escuela Suiza (habla 4 idiomas), Pablo Foncillas licenciado en derecho y MBA del IESE Business School. Actualmente es miembro del claustro del IESE en el departamento comercial. Compagina su vida en el entorno académico y como conferenciante junto con roles directivos y de consultoría en varias industrias desde los años 90. ¿Hablamos? Clica aquí para contactarme por correo electrónico